Hace no tantas décadas, decorar un evento significaba, casi siempre, una única llamada: la de la floristería del barrio. Un ramo aquí, unos centros de mesa allá. Y listo. Hoy, ese mismo encargo puede pasar por las manos de un diseñador de espacios, un técnico de iluminación y hasta un estudio de branding. Entr medias hay toda una historia de oficio, de negocios familiares que se convirtieron en estudios de diseño, y de cómo los eventos dejaron de ser solo flores para convertirse en un relato completo.
Pequeña historia del diseño de eventos
Durante grande parte del siglo XX, en España la decoración de un evento era, literalmente, trabajo de florista. Bodas, comuniones, banquetes de empresa; todo pasaba por el mismo mostrador. El florista no solo vendía flores, también asesoraba sobre el color del mantel, el centro de mesa o el ramo de la novia, porque era la única figura del sector que tenia una visión de cómo debía verse la celebración.
No existía todavía el concepto de diseño como disciplina propia. La decoración era un añadido, algo que se contrataba al final, cuando ya estaban resueltos el menú, el salón y la lista de invitados.
Con el boom de los salones de banquetes en las décadas de los setenta y ochenta, la decoración empezó a estandarizarse. Los hoteles y salones tenían su propio catálogo de manteles, sillas y centros, y el margen para personalizar un evento era mínimo. Se ganó eficiencia, pero se perdió carácter; casi todas las bodas y celebraciones de la época se parecían entre sí, porque salían del mismo almacén.
El verdadero punto de inflexión llegó con la figura del organizador de eventos, un oficio que en España no se popularizó hasta finales de los noventa y principios de los dos mil. Por primera vez, alguien coordinaba a todos los proveedores bajo un mismo concepto visual.
La decoración dejó de ser un pedido suelto para convertirse en parte de un diseño integral, pensado desde el primer boceto del evento y no como un remate de última hora. Ahí es donde el florista pasó de protagonista único a uno más entre varios especialistas, todos trabajando sobre la misma idea.

Hoy el diseño de eventos es una disciplina en sí misma, mucho más cercana a la arquitectura efímera que a la floristería tradicional. Un evento corporativo actual puede incluir escenografía a medida, mobiliario de autor, iluminación programada y elementos audiovisuales pensados para contar la historia de una marca en cuestión de horas.
Las flores siguen ahí, pero ya no son el punto de partida; son una capa más dentro de un proyecto que empieza, casi siempre, por el propio espacio.
Porque esa es quizás la lección que deja este recorrido: cuanto más interesante es el lugar donde se celebra un evento, menos trabajo de disfraz necesita la decoración.
Un espacio con carácter propio reduce la distancia entre “decorar” y “diseñar”. Y ese, mas que una moda, es el cambio real que ha vivido el sector en el último siglo.









